La entrada al Cerro Rico de Potosí

(English version)

El Cerro Rico de Potosí, en su momento, fue la mina de plata más rica del mundo. El Taj Majal fue construido gracias a las riquezas de esta montaña.

Entrar a los socavones del Cerro Rico y conocer al Tío, desde mi perspectiva, es una cosa que se hace solo una vez en la vida. Como un apasionado de la historia, siempre quise visitar esta mítica montaña, cuya riqueza bendijo al Imperio español, pero también sentenció a cientos de miles de indígenas mitayos a una muerte segura.

Llegando a la ciudad.

Tal fue el impacto de su descubrimiento, que para 1573, la Villa Imperial de Potosí, llegó a tener la misma población de Londres y superar a ciudades como París y Roma. Se llegó a decir que con la plata del cerro, se podría haber construido un puente sobre el Atlántico que conecte directamente a la villa con Madrid. De igual manera, se dice que lo mismo se podría haber logrado con los huesos de los indígenas perecidos en las minas. A pesar de que estos dichos son obviamente falsos, nos dan una idea de lo que pasó aquí.

Pero bueno, vamos al grano. Lo primero que deben saber sobre esta ciudad es que la Casa de la Moneda (donde se encuentra la rica historia de la ciudad) está cerrada los lunes. Si les interesa entender cómo Potosí cambió Sudamérica, el Imperio español y el mundo, esta es la mejor opción.

Con respecto a la entrada al Cerro Rico, lo único que tienen que hacer es acercarse a una de las agencias de turismo que están en el centro, o al frente de la Casa de la Moneda. Una vez ahí, solo hay que preguntar por una visita guiada dentro de la montaña, la cual cuesta alrededor de 100 bolivianos (de 15 a 20 dólares americanos).

Antes de continuar, tengo que advertirles que este tour no es para personas claustrofóbicas, que estén teniendo mal de altura, problemas respiratorios, o que no les guste correr riesgos innecesarios. Como mencioné anteriormente, esta es una cosa que se hace solo una vez en la vida.

Después de haber pagado por el tour, una buseta nos vino a recoger con nuestro guía. Una de las cosas más agradables de esta experiencia, fue saber que él fue un niño minero que pudo dejar la terrible vida de la montaña gracias al turismo.

En Bolivia, las condiciones de trabajo en las minas son precarias, y los mineros (quienes empiezan este oficio desde niños) tienen una expectativa de vida de 40 años. Además, las jornadas de trabajo extensas y la poca paga, condenan a estas personas y a sus familias a una vida de miseria, que se ve agravada por el alcoholismo (un problema muy común en los jornaleros). Lastimosamente, la terrible herencia de explotación colonial al indígena que nos dejó España sigue viva, y no hay mejor lugar para comprobarlo que Bolivia y Potosí. Es por esto que apoyar sectores alternativos al extractivismo, como el turismo, es de vital importancia para que estas personas puedan escapar de esta terrible vida. Si quieren conocer más sobre los mineros de Potosí, les recomiendo ver el documental “La mina del diablo”.

Hojas de coca y dinamita artesanal.

Volviendo al tema, de camino al Cerro, hicimos una parada en una tienda. Resulta que es una práctica común comprar comida, hojas de coca, y hasta cartuchos de dinamita artesanal, para regalársela a los mineros. No nos sentimos cómodos con la idea de llevar dinamita en nuestros bolsillos a un lugar cerrado; así que decidimos comprar una funda de hojas de coca, un jugo de 2 litros y comida. Después, hicimos una segunda parada para cambiarnos de ropa y ponernos algo adecuado para esta extravagante aventura.

Una de las casas con sangre.

Al llegar al cerro y caminar hacia una de las entradas de la mina, vimos algo que nos presagiaría lo bizarro que sería el resto del tour. Había sangre esparcida en las fachadas de las casas de los mineros. Al preguntar sobre esto, el guía me respondió que un día antes, había tenido lugar un ritual de sacrificio para que la montaña, y el tío, protegieran a los jornaleros y les den buenas vetas. Este consistió en sacrificar una llama, drenarle la sangre y esparcirla por todo el lugar. Creo que incluso, los participantes la bebían un poco.

Una de las entradas a la mina.

Enfrente de las casas, se encontraba un hueco pequeño que igualmente estaba cubierto con sangre. En efecto, esta era la entrada. En un principio, entramos agachados, y en algunas partes, tuvimos que gatear. Lo curioso es que corría un aire muy frío y se podían ver estalagtitas de hielo en las tuberías. Después de haber avanzado unos cuantos metros, al fin pudimos pararnos.

Comenzaba a escasear un poco el aire, y la temperatura subió bastante. Conforme seguíamos el camino, todo se volvió sofocante, y empeoraría ya que la caminata duró al menos una hora y media. Algo que fue curioso también, fue el gas que salía de las paredes de algunas cuevas. A esto no pude evitar preguntar: ¿es esto peligroso? La respuesta fue que sí, si se lo respira por tiempos prolongados.

A continuación, el guía nos contó la historia de uno de sus amigos que se sentó a descansar y durmió toda la noche en la mina. Al siguiente día, lo encontraron muerto. Tengo que confesar que no fue muy agradable saber que estaba en un lugar cerrado que emite gases. Mi preocupación se hizo mayor, al ver que que había cada vez más polvo metálico en el aire y que lo estaba respirando. En ese momento, me di cuenta del porqué los mineros del Potosí viven hasta los 40 años; pues estos metales causan silicosis y pueden ser cancerígenos.

El Tío.

En fin, todo esto lo pasé por alto ya que nos dirigíamos a lo que tanto esperaba: la estatua del dios de la montaña, el Tío.

A este peculiar personaje, representado por un diablo, es común encontrarlo en las minas peruanas y bolivianas. Se preguntarán: ¿por qué hacer de un lugar terrorífico como una mina, algo siniestro?

La respuesta es esta. A diferencia de las religiones abrahamánicas, nuestras religiones indígenas no califican a sus dioses dentro de la dicotomía entre el bien y el mal. Más bien, estos eran concebidos como parte, o extensiones de la naturaleza: descomunalmente poderosa, benefactora, pero también, catastrófica. Es por esto que, a pesar de que algunos eran más catastróficos que otros, todos merecían un mismo respeto y culto.

Al llegar los españoles, buscaron imponer el catolicismo, pero no lo lograron en su totalidad. La única forma de que los indígenas aceptaran esta religión, fue reemplazando a sus dioses paganos con equivalentes católicos. Un claro ejemplo es el reemplazo (sincretismo) del culto a la Pacha Mama en los andes, o Coatlicue, en México, por el culto de la virgen María. Lo mismo pasó con el Tío. Al ser el dios de la montaña, alguien que habitaba en el inframundo, este fue reemplazado por el diablo (en parte también porque los españoles querían que los indígenas lo dejaran de adorar).

Sin embargo, el respeto a este dios siguió vivo. Para los indígenas mineros, la superficie era el reino de Dios, pero, dentro de la montaña, el reino era del diablo; y en él reposaba, y sigue reposando, su suerte. Esta es la razón por la que se pueden encontrar varias estatuas demoniacas dentro de las minas. Para los mineros, el diablo no es un extraño; él es su protector y destructor al mismo tiempo. Es por esto que se sientan a fumar, tomar alcohol y pijchar coca con él. Al hacer lo mismo con la estatua, nos dimos cuenta de que tenía un gran pene.

Esto se debe a que la montaña, al ser femenina, para ser rica en metal, tiene que ser fecundada por el Tío, un dios masculino. En este sentido, la virilidad de este demonio es muy importante para los mineros.

Continuando por nuestra ruta, se hacía cada vez más difícil respirar, y aumentaba la temperatura (se dice que dentro de la mina puede llegar a 45 grados centígrados). Después de unos cuantos gateos, y algunas trepadas, llegamos a una grieta interna gigante.

No podría dar la altura exacta, pero me atrevería a decir que era la de una casa de 3 pisos. Al ver esto, se me vino a la mente que la montaña podría colapsar en cualquier momento. Pueda que esté exagerando, pero al caminar dentro, me di cuenta de que esta era más un hormiguero, que una montaña. No es para menos, el Cerro Rico ha sido explotado desde 1545 hasta la actualidad (474 años); y es bien sabido que la montaña está disminuyendo su tamaño por los derrumbes dentro de las minas.

A partir de este punto, lo único que quería hacer era salir de ahí. Lastimosamente, solo estábamos a mitad del camino. Todo el trayecto duró entre una hora a una hora y media, y puedo decir que fueron de las horas más largas de mi vida. Al salir, lo hicimos por el otro lado de la montaña.

Definitivamente, una experiencia única, no apta para cardiacos, o religiosos extremistas. Si eres de los aventureros extremos, esta visita definitivamente es para ti. Si eres de las personas que les gusta estar tranquilas, no lo hagas. Busca un recorrido por la ciudad, o en las afueras de la montaña, en el que te expliquen toda la increíble historia de este lugar que cambió el mundo.

Mi recomendación a las autoridades y agencias que hacen este tour, es que adecúen una entrada poco utilizada en la que se pueda ver algunos Tíos, y después terminar el recorrido. Rutas muy largas dentro de la montaña, pueden ser asfixiantes y muy estresantes para el turista que no está acostumbrado a esto.

En conclusión, podría decir que no estoy arrepentido de haber hecho esto; sin embargo, no lo volvería a hacer.

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